
Imagínese por un momento que una catástrofe tan monumental que casi aniquila a la humanidad se grabara en la memoria colectiva de los pueblos, no en una, sino en casi todas las culturas del mundo. ¿Es una mera coincidencia que civilizaciones separadas por océanos y milenios compartan el relato de una gran inundación? Desde las epopeyas sumerias hasta las leyendas de los nativos americanos, pasando por el relato bíblico y las escrituras védicas, la historia de un diluvio universal resuena con una persistencia asombrosa.
Para un espíritu escéptico como el suyo, Tomás, la primera reacción podría ser atribuirlo a la coincidencia o a la difusión cultural limitada. Sin embargo, cuando examinamos las narrativas en detalle, especialmente las del Cristianismo y el Hinduismo, descubrimos no solo similitudes intrigantes sino también diferencias filosóficas que nos invitan a reflexionar sobre la naturaleza humana, la divinidad y el propósito del sufrimiento.
El arqueólogo y mitólogo Joseph Campbell destacó cómo los mitos, a pesar de sus variaciones locales, a menudo revelan patrones universales que reflejan la psique humana. El diluvio es, sin duda, uno de esos 'mitemas' o unidades míticas fundamentales. Desde el Épico de Gilgamesh mesopotámico, que incluye una narrativa de diluvio sorprendentemente similar a la bíblica, hasta el Deucalión griego o los relatos Mapuche en Chile, la inundación global parece ser un arquetipo.
¿Cómo explicar esta convergencia simbólica si no hay una raíz común, ya sea en un evento histórico lejano o en una profunda necesidad psicológica de la humanidad de dar sentido a la catástrofe y la renovación?
'Los mitos son sueños públicos; los sueños son mitos privados.' - Joseph Campbell, 'El héroe de las mil caras'.
En el libro del Génesis (capítulos 6-9), la narrativa del diluvio es mucho más que un desastre natural; es un acto divino con profundas implicaciones morales y teológicas. Dios, 'arrepentido de haber creado al hombre en la tierra', decide purificarla debido a la extrema maldad y corrupción que había invadido cada aspecto de la vida humana. Noé es elegido no por capricho, sino por ser 'hombre justo y perfecto entre sus contemporáneos'.
El diluvio bíblico no es un evento fortuito, sino un juicio deliberado sobre el pecado humano, seguido de un acto de gracia y un pacto eterno simbolizado por el arco iris. Este pacto (Génesis 9:11-16) es una promesa incondicional de Dios de no volver a destruir la Tierra con agua. Es un hito en la historia lineal de la salvación, no un ciclo repetitivo.
La ciencia moderna, desde la geología hasta la paleoclimatología, ha examinado la posibilidad de un diluvio global. Si bien la evidencia de una inundación que cubra *toda* la superficie terrestre es escasa, teorías como la de la inundación del Mar Negro (propuesta por William Ryan y Walter Pitman en 'Noah's Flood: The New Scientific Discoveries About The Event That Changed History') sugieren que eventos regionales masivos pudieron haber dejado una profunda impronta cultural.
Es crucial entender que las escrituras antiguas a menudo describen el universo 'conocido' por el autor como 'todo el mundo'. Para los pueblos del antiguo Cercano Oriente, una inundación que cubriera su horizonte vital sería, en efecto, 'universal'. Las tablillas de Ebla y el Épico de Gilgamesh, con sus relatos de diluvios, no prueban la literalidad del Génesis, pero sí atestiguan la existencia de una memoria cultural compartida de catástrofes hídricas a gran escala en la región.
En el hinduismo, las historias de un gran diluvio se encuentran principalmente en el Shatapatha Brahmana y el Matsya Purana. Aquí, la figura central es Manu, el progenitor de la humanidad, advertido por Vishnu en su avatar de Matsya (un pez). Manu construye un barco y, con la ayuda del pez divino, salva no solo a su familia y semillas, sino también a los Saptarishis (siete sabios).
A diferencia del relato cristiano, el diluvio hindú no se presenta principalmente como un juicio moral sobre la maldad humana, sino como un 'pralaya' o disolución cósmica necesaria dentro de un ciclo de creación, preservación y destrucción. Es una parte natural y recurrente de la danza cósmica del universo, un reinicio que permite la renovación del Dharma (ley cósmica y moral).
La concepción hindú del tiempo es cíclica, donde los universos se crean y se disuelven una y otra vez. El diluvio es un evento recurrente que marca el fin de una era y el comienzo de otra. Esta visión contrasta fuertemente con la perspectiva lineal y teleológica del cristianismo, donde la historia tiene un principio, un punto culminante (la encarnación de Cristo) y un fin.
Aquí, Tomás, una pregunta retórica: ¿Es esta visión de un ciclo eterno, donde el mundo se regenera por necesidad cósmica, fundamentalmente diferente a la de un Dios personal que interviene en la historia por amor y justicia, con un propósito final?
Las similitudes son innegables: una advertencia divina, un constructor de un arca/barco, la salvación de la vida terrestre (humanos, animales, semillas), el agua como agente de destrucción y un nuevo comienzo. Estos puntos comunes sugieren la posibilidad de un evento real compartido en la prehistoria, o al menos, una profunda inquietud humana sobre la vulnerabilidad y la necesidad de salvación frente a fuerzas incontrolables.
¿Nos confrontan estas narrativas con la mera repetición de un trauma ancestral o con la revelación de verdades más profundas sobre la naturaleza del bien y el mal, y del mismo universo?
Las historias del diluvio universal, tanto en el cristianismo como en el hinduismo, trascienden la mera geología o la exégesis de textos antiguos. Nos obligan a confrontar preguntas sobre la fragilidad de la existencia humana, la posibilidad de la justicia divina y la constante tensión entre la destrucción y la renovación. Más allá de si hubo o no una inundación global literal, ¿qué nos dicen estos relatos sobre nuestra propia naturaleza, nuestra capacidad para el mal y nuestro anhelo de trascendencia y redención?