Génesis 1:26: La Clave de tu Dignidad y el 'Hagamos' Divino
22 de enero de 2026
Saludos a todos los amigos de la reflexión y el discernimiento. Hoy nos adentramos en uno de los pasajes más enigmáticos y fundacionales de la Escritura, una frase que ha resonado a través de milenios, invitando a la mente curiosa a escudriñar sus profundidades: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Génesis 1:26). Una declaración que, a primera vista, plantea más preguntas que respuestas y que nos reta a mirar más allá de la superficie de lo literal para encontrar la verdad subyacente que moldea nuestra comprensión de Dios y de nosotros mismos.
Esta poderosa afirmación, situada en el corazón del relato creacional, no es un mero detalle. Es la clave para desentrañar la naturaleza de lo divino y la dignidad inherente de la humanidad. ¿Qué implica realmente ese "Hagamos"? ¿A quién se dirige Dios al pronunciar estas palabras, y qué nos dice esto sobre nuestra propia existencia y propósito?
El Enigma del "Hagamos": Pluralidad Divina o Concilio Celestial?
La pluralidad en la declaración de Génesis 1:26 es, sin duda, el punto de partida de nuestra interrogación. La mente racional, al leer "Hagamos" y "nuestra imagen", inmediatamente se pregunta: ¿quiénes son esos "nosotros"? A lo largo de la historia, diversas interpretaciones han surgido, cada una buscando conciliar el texto con una comprensión coherente de lo divino.
Algunos han sugerido la idea de un concilio divino, donde Dios se dirige a seres celestiales o ángeles. Sin embargo, esta perspectiva plantea desafíos teológicos significativos, ya que implicaría que la creación del ser humano no fue una prerrogativa exclusiva del Creador, sino una colaboración con entidades creadas. Esto choca con la omnipotencia y soberanía divinas que el resto de la Escritura subraya con vehemencia.
Para la tradición judeocristiana, especialmente en la teología cristiana, la interpretación más profunda y armoniosa de este plural apunta a la Trinidad. El Padre, el Hijo (el Logos, la Palabra preexistente mencionada en Juan 1:1-3) y el Espíritu Santo (el aliento de vida, el hálito divino) deliberan en un acto de creación conjunta y perfecta. Es una conversación interna de la Deidad, una revelación velada de la pluralidad de personas dentro de la unidad de Dios. No hay otros dioses, sino la riqueza inefable de un solo Dios en tres Personas, trabajando en perfecta comunión y amor. Este pasaje, entonces, se convierte en una de las primeras y más sutiles pistas de la naturaleza trinitaria de Dios en la Biblia.
La perfecta comunión y amor de la Santísima Trinidad en un diálogo eterno, revelando la pluralidad divina en la creación del hombre.
Imagen y Semejanza: Espejos de lo Divino
Una vez desentrañada la pluralidad del Creador, nos enfrentamos a la segunda gran cuestión: ¿qué significa ser hecho a "imagen y semejanza" divina? Claramente, no se refiere a una semejanza física, ya que Dios es Espíritu y no tiene forma corporal. Más bien, esta imagen se manifiesta en atributos intrínsecos a nuestra naturaleza, reflejos pálidos pero significativos de la esencia divina.
Poseemos razón, voluntad y la capacidad de amar. Somos seres relacionales, capaces de creatividad, de discernimiento moral y de establecer pactos. Estos atributos nos distinguen radicalmente del resto de la creación y nos confieren una dignidad inestimable. Somos, en cierto sentido, vicerregentes de Dios en la Tierra, encargados de cuidar y administrar su creación, reflejando su orden y amor.
La Capacidad Divina de Amar: Un Eco Eterno
La capacidad de amar es, quizás, el atributo más sublime de la imagen divina en nosotros. La Escritura nos dice que "Dios es amor" (1 Juan 4:8). Si somos hechos a su imagen, es lógico que el amor sea una de las facultades más profundas de nuestro ser. Este amor no es meramente una emoción, sino una elección de la voluntad, un don de sí mismo que busca el bien del otro. Reflejamos el amor trinitario de Dios, que es una comunión perfecta de amor entre Padre, Hijo y Espíritu. Nuestra capacidad de formar relaciones significativas, de sacrificio, de perdón y de compasión son ecos de este amor divino.
Sin esta capacidad, nuestra libertad sería estéril. Es a través del amor que experimentamos la plenitud de nuestra humanidad y, al mismo tiempo, nos acercamos a la esencia de nuestro Creador. ¿Acaso no es en el acto de dar y recibir amor donde encontramos el mayor sentido y propósito?
El Derecho a la Vida: Un Reflejo Distorsionado
La pregunta sobre el derecho a quitar la vida es compleja y profundamente moral. Si somos hechos a imagen de Dios, entonces cada vida humana posee un valor intrínseco e inalienable. La vida es un don sagrado, y su Autor es Dios mismo. Por lo tanto, el derecho a quitar la vida no reside en el ser humano, sino exclusivamente en el Dador de la vida. Desde esta perspectiva, cualquier acto que atente contra la vida humana es una afrenta directa a la imagen de Dios.
La prohibición de matar en los Diez Mandamientos no es una sugerencia, sino un mandato fundamental que salvaguarda la dignidad de la creación divina en el hombre. Si bien existen contextos de legítima defensa, guerra justa (conceptos debatidos a lo largo de la historia) o la justicia penal en sociedades, la base es siempre la santidad de la vida. Cuando quitamos una vida, de cualquier manera que no sea un reflejo de la voluntad divina o de una necesidad extrema para proteger la vida, distorsionamos y oscurecemos la imagen de Dios en nosotros y en la víctima. Nuestro rol es custodiar la vida, no destruirla.
Así, la frase "Hagamos al hombre a nuestra imagen" nos invita a una comprensión más profunda de quién es Dios y quiénes somos nosotros. Revela un Dios relacional, sabio y amoroso, que nos confiere dignidad y propósito. Nos confronta con la responsabilidad de vivir de una manera que refleje esa imagen, ejerciendo la razón, la voluntad y el amor de formas que honren a nuestro Creador.
¿Podemos, entonces, amar como Él ama? ¿Y cómo deberíamos abordar la delicada cuestión de la vida y la muerte a la luz de esta verdad fundamental? ¿Qué otras implicaciones descubrimos al meditar en que somos hechos a la imagen del Dios Trino?
Contraste entre el don sagrado de la vida, bañado en amor divino, y la sombra que distorsiona la imagen de Dios al atentar contra ella.
La profundidad de Génesis 1:26 sigue siendo un pozo inagotable de sabiduría. Les invito a continuar esta reflexión, a escudriñar la Escritura y a meditar sobre el privilegio y la responsabilidad de llevar la imagen de lo divino. Que estas palabras sigan inspirando un diálogo honesto y una búsqueda incesante de la verdad.
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